Cuando uno está perdido, con miedos, ansiedades, sin rumbo y el camino se hace cuesta arriba parece que no queda nada a lo que aferrarse. El dolor, aparentemente, entorpece el camino, aunque es el mayor maestro si sabes verlo desde el enfoque más constructivo. Aprender del dolor te sana, te libera y te transforma.

A veces el sufrimiento te nubla cómo una venda en los ojos, pero hay cosas a las que no alcanza. La oscuridad en la que nos sumergimos nos roba momentáneamente y superficialmente cualquier destello de luz que pueda haber. Sin embargo, y cómo he dicho antes, hay cosas que no puede arrebatar por muy dura y fuerte que sea la caída. En mi caso, hay una fuerza que, aparentemente, es sutil, pero que en el fondo me devuelve el aliento. Y esa fuerza es la esperanza y la fe que he depositado en la vida, en mí, en el universo, en los procesos y sobre todo en el amor. En el amor por ayudar a los demás.

Creo que es importantísimo, principalmente, en estos momentos de inflexión, conectar con un motor, una motivación, una pasión, un sentido… cómo se quiera llamar. Los japoneses hacen referencia al término Ikigai, que puede definirse como «la razón de vivir» o «la razón de ser», lo que hace que la vida valga la pena ser vivida. Considero que todo radica en eso, en cumplir la misión que nuestra alma nos pide a gritos. Y a veces necesitamos ayudarnos a nosotros mismos primero para luego poder ayudar a los demás sanamente y desde una parte que no esté dañada.

Conecto con mi Ikigai y me permito sanar para poder luego ayudar. Doy dos pasos en falso y retrocedo, me permito reinventarme y fallar, darme espacio y tiempo para reconstruir mi alma y a largo plazo poder ayudar a otros a que lo hagan.

Entiendo que todo lo que me pasa es para poder compartir y acompañar.
Entiendo que debo de ser agradecida por todo lo que el universo me está enseñando.
Entiendo que el amor es mi motor y que la esperanza sigue intacta en mi.
Entiendo que la oscuridad es parte de la luz y la luz parte de la oscuridad.
Siempre agradecida.