En esta sociedad dónde todo se estigmatiza y se juzga, muchas veces, se asocia la palabra “diagnóstico” y “trastorno mental” con alguien que ha perdido completamente la cordura y se relaciona con personas que son malas e incluso peligrosas.
Creo que, muchas personas, lamentablemente, no entienden realmente el significado o lo que hay detrás de un “diagnóstico” o de un “trastorno mental”, por eso hay tanto estigma.
Cuando hablamos de estos términos en salud mental y lo hacemos con una connotación negativa agrandamos el problema. Hay que entender que, un diagnóstico, es una valoración que hace un profesional a alguien que reúne unas características en su personalidad que se asocian a una etiqueta. No hay nada de malo en la personalidad de nadie. Sino, en cómo las personas se relacionan con su propia personalidad y en cómo regulan sus emociones. Es decir, si una persona es muy impulsiva y no sabe gestionar los impulsos, será un problema, no porque sea impulsiva sino porque no sabe gestionarlo. Pero, si la persona conoce las características de su personalidad, entiende que puede llegar a ser muy impulsiva/o, lo acepta y hace un trabajo, no por cambiarlo, sino por gestionarlo cuando se deba y por no dejarse llevar por ello en situaciones que no requieran, no será un problema.
El problema viene cuando las personas asocian su personalidad con algo negativo, crónico e inmutable.
Considero que, cuando se transmite un diagnóstico, el profesional tiene una responsabilidad bastante grande y hay que saber cómo hacerlo y cuándo. El poder de las palabras en este escenario es realmente delicado e importante .
Quiero explicar mi propia experiencia para que se entienda mejor. Cuando me diagnosticaron TLP no me explicaron qué quería decir eso. Solo me hablaban de un montón de “síntomas” yo prefiero llamarlo características, que eran negativas, crónicas y para toda la vida. En mi caso acudí a esta profesional para entenderme mejor , completamente pérdida y sin orientación, pero el hecho de que me dijera todas esas cosas, de esa manera tan pesimista y con esas palabras de tanto peso, agrandó el problema, me hizo sentir víctima de mi misma y pensé que había algo malo en mi. No me cuestioné sus palabras, por la desinformación, desesperación y la confianza que había depositado en ella, pues muchas veces asociamos a los psicólogos como personas con la verdad absoluta, idealizamos sin entender que son personas como nosotros y no nos cuestionamos ciertas cosas.
A lo que quiero hacer referencia y quiero volver a recalcar es que las personalidades no TIENEN NADA MALO, sino en cómo las personas gestionan sus emociones. Cuando entendemos esto, nos liberamos de mucho dolor y andamos más ligeros, aprendemos a poner la lupa donde realmente hay que ponerla, que es en trabajar en la gestión de dicha personalidad. Dejamos de ser “víctimas” y nos miramos con otros ojos más amables , entendido que el trabajo real está en la gestión. Aprendemos a ver más allá de un “diagnóstico” y de una “etiqueta” y empezamos a ver a una persona y a su historia.