Los estudios, basados en su mayor parte en la experiencia clínica, colocan a los episodios traumáticos, sufridos durante la infancia y adolescencia, como detonantes o facilitadores de lo que más adelante acabará conformando un cuadro TLP.
Se señala en este sentido los malos tratos de los que haya sido receptor el afectado, los abusos sexuales, el abandono, la institucionalización…
Todas estas experiencias suponen relaciones destructivas dentro de las cuales un adulto, generalmente conviviente con el menor de edad, desempeña el papel disruptivo mientras el niño/a o adolescente representa un rol pasivo y receptivo, tal es el de víctima.
La asimetría de edad supondría, por tanto, un requisito para esta polarización de roles comunicativos. Sin embargo, hay una experiencia de maltrato que escapa o no requiere de tal diferencia de edad. Estamos hablando del bullying.
Este anglicismo viene a referir el repudio de buena parte de la clase o grupo de edad hacia uno de sus compañeros/as. Tal repudio, rechazo, desprecio y/o exclusión siempre se encarnará en la agresión verbal, aunque por lo común la agresividad física, al menos la amenaza de tal, poco tardará en presentarse con tarjeta de invitada.
La víctima queda desacreditada así ante un grupo que necesita sentir como suyo.
Con independencia de que las secuelas emocionales que arrastre el bullying acaben o no dando pie a un cuadro de TLP, la puerta ha quedado abierta para el fracaso, incluso abandono, académico.
Por edad yo cursaba lo equivalente hoy a la E.P. y luego la E.S.O. Cuando una confrontación entre compañeros iba a más, y por “ir a más” referiría llegar al suelo, entre las voces que alentaban al linchamiento se mezclaban las que invitaban a hacer las paces. El “¡Bueno, ya está bien!” o el “¡Vale que no es para tanto” eran voces que ya no se escuchan y si no se escuchan es porque no están presentes.
Tal vez sea que la católica virtud de la piedad ya ha caído, por desuso, en el olvido sin haber sido reemplazada por otros valores convivenciales. Pudiéramos hablar de un pacifismo más de andar por casa.
No lo puedo saber con precisión. Tal vez sea que entre los compañeros del derrotado haya quien sienta lástima pero no se atreva a expresarla no sea que el ensañamiento se dirija también contra él. Ofrece mayores garantías tomar partido por el más fuerte.
Las agresiones en los colegios, institutos y en la calle cuentan hoy además con una poderosa herramienta: el móvil.
La pérdida del último resto de dignidad está siendo filmada a la vez por varias cámaras, las cuales rivalizan por colgar la secuencia en la red a la mayor brevedad posible.
Recuerdo chiquillos en calzoncillos (o sin ellos) en mitad del patio, hemorragias nasales, fracturas dentarias, tirones de pelo hasta arrancar mechones, el suelo por escenario o la alumna que entrega la foto de sí misma desnuda a su supuesto novio.
Internet a estas edades es ya el foro de la infamia.
¿Ante la indefensión en la que se encuentra la joven víctima frente a su grupo, el mundo adulto le brinda parte al menos del apoyo que entre los suyos se le niega?
Quisiera responder que sí y en cierta medida en su momento lo creí.
La alumna o alumno que está siendo sometida al repudio colectivo es invitada, desde la tutoría y jefatura de estudios, a cambiar de instituto. Que ese centro quede en el extremo opuesto de la ciudad nada importa como tampoco se tiene en cuenta que este cambio vaya a tener lugar a mitad de curso. Que la permanencia de los agresores sea vivida por estos como una victoria y como una derrota para el agredido su traslado importa todavía menos.
En la audiencia judicial (Juzgado de Menores) el director del instituto ha sido llamado a declarar. “No se ha estado produciendo en nuestro centro maltrato alguno y los roces entre los alumnos en ningún momento han ido más allá de las tensiones diarias y habituales en esta franja de edad. Si desde el equipo docente hubiésemos tenido conocimiento de lo contrario desde el primer momento se hubiese abierto el protocolo de riesgo”.
El buen nombre del centro no queda en entredicho, lo único que nadie advierte es que en un rostro se está dibujando una sonrisa de sorna mientras otra mirada trata de encontrar refugio escondiéndose en el suelo.
Victimización secundaria, dirían los expertos. Victimización secundaria, doy fe de ella.
Las cicatrices resultado de cortes los antebrazos y los vómitos autoprovocados por parte de una adolescente de quince años poco tardarán en ser señalados como culpa de ella. “Emocionalmente inestable y carente de autocontrol”.
A tenor del discurso oficial la sociedad adulta se hace eco de la victimización por bullying pero cuando ese chiquillo/a tiene nombre y apellidos concretos; cuando su mirada no forma parte de las estadísticas, poco tarda esa sociedad en darle la espalda.
Se crean protocolos, equipos y circuitos profesionales para la atención al menor de edad agresivo ¿Cuántos se ponen a disposición de quienes no cuentan con capacidad de respuesta a esa agresión?
Contempla el ámbito judicial con “medidas” como la libertad vigilada destinadas a preadolescentes o adolescentes que infringen el Código Penal. Desde ninguna instancia oficial se ha impulsado algo así como una “Libertad Acompañada”.
Como la dirección del instituto en la toma de declaración lo que prima es lavar la imagen, en este caso de toda la sociedad. Unos la ensucian. Quienes han sido desterrados a una dolorosa soledad, por el contrario, no manchan la buena faz del colectivo. Quienes se autolesionan y dan su pronta vida por perdida, incluso quienes ponen fin a ella, serán pronto succionados por una aspiradora llamada olvido. “Aquí nada ha pasado y no hay lugar para la queja” –reza el sobreentendido-.
El balance de inversión pública destinada para uno y otro polo del mismo eje desvelaría un desequilibrio extremo.
En definitiva, hay una complicidad, por lo general pasiva pero a veces también activa, del mundo adulto ante la tragedia del bullying.
Las víctimas están muy solas y sus madres no tienen a donde llamar.
Ya estoy jubilado, entonces daba comienzo mi vida profesional. Debía ser invierno pues mi memoria da cuenta de que a esas horas de la tarde la oscuridad se había adueñado del cielo.
En la sala de televisión nos habíamos reunido unos frente a otros. Ocho o nueve menores de edad y tres educadores. El clima era de desenfado y sonrisa, circunstancia muy de agradecer en un centro de internamiento para menores de edad que habían llegado hasta allí por una sentencia penal.
Educadores e internos intercambiábamos la risa.
La confraternidad del grupo, el “¡Todos a una!”, giraba en torno a un solo eje.
Allí, entre los internos, había uno más enjuto por complexión que los demás. También menos espabilado. Era un preadolescente carente de esa chispa que confiere la maldad. Sin embargo, todo su empeño estaba puesto en destacar como el más malo entre todos los malos. Sus hazañas callejeras quedaban, según pretendía convencer, a la altura de la más oscura semblanza delincuencial
Entre sus compañeros había dos que habían llegado hasta allí por homicidio. Ambos asesinatos completados sin escatimar crueldad.
Nuestra burla y nuestra risa, repito por todos compartida, le devolvía a esa criatura, hija del abandono y del desamparo, el mensaje sobreentendido de “¿Cómo pretendes hacerte pasar por un delincuente bragado y de temer cuando no eres más que un pringadillo?”.
Contaría con los dedos de una mano y aún me sobrarían dedos las veces que me ha asaltado una súbita toma de conciencia, a modo de un resplandor de lucidez, que marcará un antes y un después en mi modo de estar ante la vida. Una de ésas fue aquella.
Sin aviso caigo en la cuenta de que no estaba siendo justo aquel modo de proceder y de que jamás debía haber formado parte yo de él. ¿Cómo estar haciendo leña de un árbol no caído sino que nunca ha llegado a escapar del suelo? ¿Cómo estar poniendo como referente de admiración el talante delincuencial? ¿Cómo no acudir en socorro del más desvalido?
Mi risa, mi imperdonable risa, se cortó el instante y a partir de ese instante permanecí callado.
¿Qué había estado pasando allí? ¿Cómo pudimos los tres educadores habernos sumados a tan canibalesco festín?
La pregunta no necesita más que una palabra por respuesta: el miedo.
Sabíamos que si nos sumábamos a aquel ensañamiento el fin de nuestra jornada se desarrollaría en la más absoluta calma. Lo mismo que tantos profesores de E.S.O.: tomar partido por el más fuerte.
El cuarto y reválida que me tocó repetir, años 1969 y 1970, fue aderezado con eso que entonces no tenía denominación y hoy identificamos como bullying. Mi hidrocefalia y consecuente epilepsia siempre me han convertido en raro pero a esas edades siempre se ha perdonado menos la rareza. Como lo pasaba mal busqué auxilio donde no debiera: un sacerdote muy apreciado por la feligresía y que, me invitó a visitarle esa tarde en su celda. Mis anhelos religiosos le importaban un comino, sólo mi piel desnuda. La ley del silencio acababa de secuestrar mi infancia.
Si estaba mal quedé peor. Si al bullying le faltaba algún empuje a partir de entonces no le iba a faltar campo abierto.
Tiene sus lados buenos haberlo pasado mal pues aquel niño que tuvo que desprenderse de golpe de su propia infancia se dirigió a mí en aquella noche de risas gratuitas. Saltando las fronteras del tiempo y desde la recóndita memoria me adviritió: “¿Qué estás haciendo?”.
Desde ese momento traté de dirigirme a esa personita con respeto y con cuanta cercanía me era posible. ¿Qué difícil es que se deje amar quien no ha tenido ocasión de aprender a ser amado?
Una tarde en mi 850 me dirigía hacia el trabajo y en medio de una escombrera me sorprendió ver a ese muchacho. Llevaba entre las manos una bolsa de plástico que contenía pegamento. La estaba inhalando. Siempre que tenía ocasión se “colocaba” de esa manera. Sus ojos estaban rojos. No he descubierto en mirada alguna expresión de pavor como aquella. El pavor de una huída desesperada.
Mediaban los años ochenta.
La última información que me alcanzó de él fue que el tsunami de la heroína y del SIDA, que amordazó el final de aquella década, se lo llevó consigo.
Nadie se plantea la complicidad adulta en el bullying.
Yo también estuve en el centro de la diana de aquellos profesores que hacían coro con mis compañeros.
Los protocolos si de algo sirven es para rellenar estadísticas que a poco tardar serán muy bien colgadas en los oportunos foros. Si en algo hemos cambiado es en eso. No mucho más. Los sentimientos que nos guían acusan bien poco el paso del tiempo.
Hay climas de cordialidad que se sujetan con hilos de sangre, agujas de lágrima y abismos de silencio.