Cuando este trastorno deja de ser una posibilidad de manual para convertirse en realidad cercana no puedes dejar de preguntarte “¿Por qué?”.
El empeño por encontrar una respuesta no cesa y te acompaña, pertinaz, allá donde alcance tu memoria. “¡Jamás haría yo algo igual!”.
Hay una verdad que no encaja y esa verdad se dilata por momentos.
El trastorno límite de personalidad, en plena ebullición y encarnado en propia descendencia, te asoma a un abismo, como tal insondable.
En plena rivalidad entre pensamiento y sentimiento voy vislumbrando la presencia de un enemigo en su vida. No es otro que la culpa.
Por todos los lados está presente. La sociedad no tarda en echar mano de ella y aquí no se excluyen los profesionales de la atención social. “Parece mentira que, teniendo unos padres tan entregados, haga esas cosas”. Una mensajería así no se hace esperar y poco tarda en calar calando dentro del primer afectado, tal es quien sufre el trastorno.
Sin embargo, los padres y madres tampoco quedamos fuera del escarnio. “¡Claro! ¿Qué podían esperar teniendo a su hijo tan consentido?”. Bien poco se tarda en sacar a la luz la falta de límites. Tópico recurrente pero baste para dejar el caso visto y sentenciado.
La culpa se halla en el estar en el mundo para quien carga sobre sí el diagnóstico T.L.P. pero también rige la vivencia dentro de su propia persona. “Yo siempre la cago”… “Todo lo acabo jodiendo”. Gritos que desgarran todo silencio.
La culpa pareciera un telón de fondo que escenifica la representación de sí mismo.
No acierto hasta que punto como peligro la culpa correspondería más a la espada de Damocles o al tendón de Aquiles. Situada encima o debajo su aliada es la desolación.
Cuando ya no encuentras un lugar en el mundo, desheredado de ti mismo, cuando cada paso arranca resonancias de destierro, peregrino en un sótano… el vacío se vacía a sí mismo. Tú en medio y tú solo.
Los despojos del alma.
¿Qué es la ira? Sin mesura, recato, ni final tal vez esté presente como un puente. La última alternativa. Abrir, como sea, un hueco a la esperanza.