Ha llegado hasta mí vestido de proverbio en el corazón de una lectura. Era de noche y tomaba cuenta de las últimas páginas de “Esta Herida Llena de Peces”; novela de Lorena Salazar Masso.
De inmediato me remontó a la que fuera infancia de mi hijo. Recuerdo cuando él tendría tres años y llegamos a esta casa para inaugurarla como nuestra. No había lugar a la espera para poner en conocimiento de sus compañeros, educación infantil, que desde su casa se divisaban dos mares. Desde las ventanas y mirando a la izquierda se descubría un mar mientras que desde el balcón y dirigiendo la mirada hacia la derecha se adivinaba otro mar distinto. “¡Tengo una casa especial!”.
Tocaba como padres hacerle saber que a sesenta metros de la orilla el Mediterráneo se basta por sí mismo para ser descubierto.
Más de dos décadas después vuelvo a buscar palabras (palabras o silencios). Esta vez para explicar que la vida puede ser habitada a pesar de que su coche haya salido averiado, de que la batería del móvil ya no dure más de un día, de que no ya no queden más entradas para la fiesta, de que aquella chica no le hiciera caso o le hayan borrado de un grupo WhatSapp.
Entonces, hará más de dos décadas, el aliento que se despertaba en mí era el candor. Sus descubrimientos equivocados eran enternecedores. A fecha de hoy, me agarro como puedo para no precipitarme por el abismo.
Esta vida que me ha traído hasta lo que soy sólo ha puesto a mi disposición únicamente la lógica como instrumento de orientación. La lógica con mi hijo no vale.
Él es más inteligente que yo y su cultura científica deja atrás con mucho a la mía. Sin embargo, en los conflictos personales y las desventuras emocionales el pensamiento inductivo-deductivo no entra en juego, por mucho que yo haya pretendido, una y mil veces, darle participación en la partida.
Hace bien poco, no sé cuantos días pues el tiempo va perdiendo en mí registro de su transcurso, me empeñé en hacerle saber que si su amadísimo e irremplazable termo quería que permaneciese íntegro evitase reventarlo contra el suelo y si así iba a llevar a cabo que asumiese de antemano la pérdida.
De nada sirvió, como tampoco mi insistencia en que si las multas por la hora son insoportables para él que evite la zona azul o que se atenga al horario contratado. Desesperación con dos caras: la angustia y la ira. La razón no se abre hueco entre una y otra.
La invitación a lógica enardece todavía más. “¡No es para tanto!… ¡Exageras!” es sofocar el incendio con gasolina.
Admitir su dolor requiere, previamente, que yo admita mi propio dolor.
Tener un hijo con T.L.P. es buscar, en todo momento, formas de explicarme el mundo.